
La tendencia de un alumno a desarrollar fracaso y ausentarse lleva, al final de un proceso, al riesgo de abandono escolar. Evidentemente, si al desinterés por estudiar se suma el bajo rendimiento, es lógico predecir que el alumno termine por autoexcluirse del sistema si la situación persiste, concentrando tal vez sus esfuerzos en conseguir un trabajo que muchos adultos más capacitados no logran obtener.
Podemos partir de la consideración de que el estudiante es el último eslabón en la cadena del fracaso escolar. Antes de desertar, el alumno probablemente haya repetido más de una vez. En consecuencia, para comprender el abandono, se debe analizar más detenidamente la repitencia. Quien repite tiene alrededor de 20 por ciento más de probabilidades de abandonar el sistema escolar. ¿Se atribuye la repitencia a características individuales del alumno vinculadas a cuestiones psicológicas, físicas, afectivas? ¿Se la relaciona exclusivamente con cuestiones de índole sociológica? ¿Se reflexiona acerca de la escuela como productora de fracaso escolar o de la falta de precisión respecto de lo que no ha logrado por el alumno? ¿Se plantea quién o quiénes deben asumir la tarea de apoyarlo para que aprenda?
Analizar la repitencia implica también repensar la evaluación. El desafío consiste en replantear su sentido y su objetivo, de modo que, frente a un alumno con dificultad, se debería reconsiderar la pertinencia de las propuestas de enseñanza y ofrecer nuevas oportunidades de aprendizajes. No tenemos propuestas alternativas de enseñanza, y convendría avanzar hacia el desarrollo de espacios y prácticas positivas que den respuestas educativas distintas a alumnos diversos.

